viernes, octubre 19, 2007

Este frío que ya no lo es cuando escribo.

Este frío que no se deja a solas, que no desertiza los parques de gente cuando amanece. Este frío, como digo, que deja de serlo en el mismo instante en el que se olvidan los jerseys en los columpios y vuelve a ser frío con toda su intensidad en el momento en que un helado, fuera de temporada, baja por la garganta y nos ofrece entonces de regalo, un fin de semana en una cama de fresa con trocitos de galleta y queda.
Un jarabe y una botella de agua al alcance y el borde del edredón inalcanzable por la noche y por los pies, descalzos, que ya anduvieron de madrugada y no importa a dónde me lleven mientras no sienta este frío que ya empieza a serlo todo.