jueves, febrero 02, 2006

Mal.

Estoy en mis andenes, esperando el augurado y escrito efecto de este tren de medicinas que he ido devorando, vagón a vagón, con tanta delicadeza y atención, como si yo fuera un sumiller de farmacia.

El sobre de polvos, de transparencia luminosa de mandarina o boletus, tacto áspero en la lengua y estridente en los extremos de la mandíbula que recuerda el chirriar de los pepinillos en vinagre allá por las muelas del juicio, tiene un retrogusto amargo de yogur desnatado y almohada a solas, que indudablemente combinan en síntomas de maridaje con este gripazo arquitectónico que he pillado en nosédónde.

La pastilla en cambio es suave, templada y rápida, de acabado satén apenas deja huella en la lengua salvo un ligero peso imperceptible que a veces nos hace dudar del escondite y el objetivo al que la dedicamos.

Por otro lado tenemos los jarabes, a los que no he llegado aún, con sus gamas de colores, rojo-rosa y sus densidades que van desde la acuarela más sutil al gotelé más logrado, pero no me olvidaré de las papillas azucaradas que disimulan la medicina que por causas desconocidas no pueden ser trituradas del todo.

Ni qué mencionar el calibre 38 de algunos supositorios, que no me extraña se guarden en frigoríficos, porque algunos se disparan solos.

Por ahora, me basta con los dos primeros, ya veremos lo que manda de menú, el Chef de la Seguridad Social.


Salud.