jueves, noviembre 10, 2005

El coeficiente intelectual de los objetos.


El motor del coche me grita para que cambie de marcha y si me quedo larga, me zarandea en la cuesta con su bop bop bop de aversitenteras.

Llego a casa y las llaves juegan al escondite en el fondo de la mochila, se ríen con esa risa de tilín, tilín, telaligas, tilín.

El abrigo, por mis prisas, empieza a soltarme descargas eléctricas disparando desde su cremallera sinpiedad.

Pongo la tele que se ha enterado del asunto y se posiciona de parte del abrigo con un par de amperios más del telodije.
Cuando el mando a distancia sonríe desde la otra punta de la habitación, en el yaquestamos decido hacerme unas palomitas porlomenos y pongo la película y ésta, ¡cómo no! empieza sin mí.

Los 3 minutos más largos de palomitas que se puedan soportar, giran bajo la luz del microondas y yo asumo: ya, ya sé que el dvd no se va a dejar rebobinar, tendré que volver a leerme las sentencias por plagio, exhibición pública y bla bla bla.