Todo el mundo sucedía veinte centímetros por encima de sus ganas.
La fragilidad anidó en su nuca y lo fue doblando lentamente
hasta que las gentes le cedieron los asientos de puro noentenderlo.
De pronto hizo un gesto, como si intentara sujetar un pensamiento muy pesado.
Ahí se quedó su mano, consolando la mejilla que ajardinaba sus ojos
abiertos, desbisagrados de tanto intentar mirarnos.