Derribos Varios.
No quedaron ni los peldaños por donde escapábamos, ni el vértigo de las barandillas, ni la salvedad de la almohada. Se aferró fuertemente a los mandos de la grúa y con el impulso exacto, pero no calculado, apretó el botón que lanzaba a la deriva no una bola firme y rotunda de convicciones, sino una nube vaporosa de suposiciones y consuelos. Desde entonces siempre llueve dentro de casa.