viernes, mayo 16, 2003

Había una vez una niña. Siempre hay una niña al principio de todo. Esta en particular tenía un nombre doloroso para el recuerdo como puede ser Angélica. Tenía la sonrisa escondida entre bucles rubios y parecía casi un rayito de sol, una pequeña Alicia parada en la inmensa superficie del espejo. Y como tenía que ocurrir también había una reina de corazones mala, un rey de espadas que soñaba con una niña llamaba angélica y un gato, sonriente y peludo gato. Un servidor.

La reina de corazones como no podía ser otra era una tía (no una madrastra porque eso sólo ocurre en los cuentos), los padres de Angélica habían muerto o se habían quedado dormidos, le contó la tía. Y sólo eran Angélica y la tia, y el rey de espadas que dormía. Este era un hombre gordo, que pasaba las mañanas dando clases de Inglés en el instituto y las tardes viendo la televisión en un sofá garsiento y negro. Trabajaba en el colegio al que iba Angélica y allí era donde soñaba con ella. La veía con su uniforme pequeño, sus delgadas piernas llenas de heridas y su sonrisa oculta entre bucles rubios. Y sonreía cuando la veía en clases y siempre la llevaba a casa en la moto, sentada delante suyo mientras él, con las piernas abieras, la abrazaba para conducir el vehículo.

Y un servidor, era un vecino de la familia, veía al hombre gordo sonriendo lascivamente a la niña, veía a la tía, vieja y amargada limpiando el pasillo y a la niña hermosa en un mundo que no comprendía y sentía rabia. Tenía que hacer algo para conocer a la niña. El gato tenía que presentarse.