Creo
Tengo de profesión ser creyente. El día luminoso no hace otra cosa que confirmarme de la veracidad de todo lo que creo y la noche, nocturna y tranquila, me lo vuelve a confirmar. Pero no soy un creyente completo, no creo en muchas cosas. No creo en las promesas disparatadas de la televisión, en las sonrisas de los hombres públicos (de las mujeres es otra cuestión). No creo en lo que mis ojos me susurran ni en lo que los hombres le han puesto el nombre de religión (Absurdas creencias las que se amontonan en un templo). No creo en la vida ni en la verdad (ninguno de los dos lados del camino nos va a salvar). Y mucho menos creo en los susurros mortecinos de los amantes. (me conduelo de los que si los creen). Envidio a los que creen que el arte es su último amparo (ni siquiera tengo esa esperanza) o los que se refugian tras las palabras (juego que ejerzo pero no me logra convencer). Nunca creí en lo que dicen que “crear” y “creer” son tan parecidos verbos, se necesita mucho más esfuerzo para creer. Dudo de las leyes, de Darwin, Newton y Freud, de las matemáticas y el complejo caos de la economía. No creo a bibliotecarios ciegos, a poetas enfermos, a exiliados con fuego. Ni siquiera creo en la maldad, la sin-razón o la injusticia (no niego que existan y reinen). Quizás te crea a ti (eso aun no lo deduje) pero en mi estoy seguro que no lo hago.
En todo lo demás, creo fervientemente.