viernes, septiembre 16, 2005

Se me ha terminado el libro de cabecera.



Me da rabia, porque esos libros que allí dispongo me duran mucho tiempo, y al final se hacen querer. Los suelo escoger por la letra y por el tamaño: de tapas blandas para que no arañen, con hojas amarillentas para que no deslumbren. Que no hablen de muchos personajes o si no hay más remedio, que no mencionen sus apellidos, mucho menos si son franceses. Que traten sobre gente que viva lejos y se mueran más lejos, que ya no existan, que no existirán nunca en la vida.
Y que se entretengan en describirme los carruajes, las cocinas, las tormentas, con el mayor número de adjetivos que sea posible.

En definitiva, que me hagan imaginarme al autor/a escribiendo todo eso, a bolígrafo o a máquina, en despacho o en servilleta, para vivir o para desvivirse...