domingo, octubre 26, 2003

Mi paraguas araña el barrio.


Pandillas de jóvenes castores perfectamente organizados en pagas y domingos, desafían las papeleras con un golpe torpe de estado y gravedad.
Hay un delito de chicles, de papeles de colores que se aferran en los vértices de las alcantarillas.
Por ello andan nerviosos los charcos, sin saber hacia dónde huir. Asustando la calle, los tobillos, el bajo de los pantalones, la parada del bus.
Acantilan incluso la zozobra de la mirada débil que se aburre, y como mariposas la raptan hacia la vertical oscura que no nos corresponde juzgar desde aquí arriba.

Para el agua de los charcos, la libertad comienza por una reja y es normal que desconfíe de la cuesta abajo, por más enero que nos prometan las estadísticas.