Abalorios
La primera memoria que tuve, obviamente, se me ha olvidado, pero la tercera memoria de septiembre, aquella de los árboles del patio llorando resinas, esa aún permanece. Permanece la luz y el olor a leche agria y las cuentas de madera en esa obcecada eternidad de conseguir el collar más inservible y largo del mundo. Hilando con cordones gruesos pasaba, una a una las tardes en que no me dejaban salir al patio a memorizar las lágrimas que brillaban en septiembre, allá en los árboles.
Era entonces cuando la mayor rendición trataba sobre un perdido baby sometido de impotencia y pringue cuando aún estábamos a miércoles.